viernes, 2 de abril de 2021

Emilio Jacobo García Cuevas Profesor: Víctor Uc Chávez Jueves 13 de Marzo de 2014 Antropología filosófica Lenguaje y distancia Marzo I. Presentación El trabajo que a continuación se desarrolla es, por decirlo de alguna manera, un “texto experimental” en términos personales: sin pretensiones logicistas y alejado de las discusiones instituidas –extraño término- en la filosofía analítica, intentará desenvolverse sin ataduras a esquemas de escuela. Movido por el afán de hacer a un lado prejuicios insulsos, en los últimos meses me he acercado a una obra que me está resultando fascinante: la de Maurice Blanchot. Así, es posible que, en cuanto sigue, se patente el intento por imitar el estilo de escritura del filósofo francés –intento irrisorio, claro, pero significativo para mí y para mi formación. A ello se aúnan las lecturas hechas en clase, las cuales me han mostrado –y me muestran- la gran profundidad y belleza del filosofar no-analítico (hablar de “filosofía continental” resulta irrisorio para alguien que no habita en las Islas Británicas). Espero llegar a buen término. II. Desarrollo Theodor Twombly tiene un trabajo singular: escribe cartas de amor por encargo. Cuando sus labores terminan, en la soledad de la habitación, entra a salas de charla para encontrar alguna pareja con la cual sostener un fugaz encuentro sexual-lingüístico. Un sistema operativo con cualidades evolutivas decide autonombrarse Samantha. La constante interacción con seres humanos la hace preguntarse qué es, qué desea ser y de qué manera puede conseguirlo; sin embargo, la distancia entre sus aspiraciones y la facticidad de los hombres parece insalvable; ella se consuela: “¿No es interesante? Que el pasado es una historia que nos contamos”. Los episodios anteriores se construyen sobre una noción de aquello que hace el lenguaje, noción alejada de cualquier planteamiento logicista o lingüístico: noción, antes bien, existencial. Las escenas no pretenden dar cuenta de la tan filosófica quididad del lenguaje; en cambio, sí nos dan indicaciones de cuál es el papel de éste en la existencia cotidiana enmarcada por nuestra época. Suele establecerse una distinción entre el lenguaje y la escritura sobre la base de la distancia: el lenguaje implica inmediatez, presencia y presente; la escritura, por el contrario, es marca de la ausencia, puente que media entre el aquí, presente, y la lejanía espaciotemporal entre los hablantes. Pero, ¿cabe la posibilidad de que el lenguaje no sea presencia ni inmediatez algunas? Aquí, en esta relación de confidencialidad en la cual los amantes se encuentran, intento hacerte explícito cuanto he sido; trato de hacer tuyas cada una de mis vivencias pero me resulta imposible: no puedo más que conformarme con esbozar en cadenas lingüísticas mis experiencias cargadas de sentido, mis sensaciones y mis pasiones: lo único que puedo ofrecer de mí son restos, huellas fonético-semánticas de algo que reside en una especie de “interior” al cual sólo yo tengo acceso. Así, amarme por lo que he sido, amarte por cuanto has vivido, nos obliga a conformarnos con despojos de una distancia insalvable e inaccesible para el otro. Es cierto: somos apertura que nos imbrica con el mundo; sin embargo, el volcarnos del uno hacia el otro choca siempre con la barrera de la experiencia privada. Maurice Merleau-Ponty afirmaba que el filósofo tiene fe en las cosas: fe en que éstas se encuentran efectivamente ahí y en que ellas son la fuente de su saber; el amante, a su vez, es un creyente: su fe se deposita en que las huellas lingüísticas del amado se correspondan de manera efectiva con esa su realidad, inaccesible para aquel; en que el lenguaje posea ciertas cualidades mágicas que le permitan atrapar y mostrar, tal cual es, las vivencias del otro. Interioridad, lejanía y lenguaje: he aquí la triada del amor que plantea, por sí misma, toda una teoría antropológica –Barthes se equivoca cuando dice que el amor conduce al solipsismo porque es incapaz de adecuarse a una teoría. En la sociedad contemporánea –la sociedad de la información-, las emisiones adquieren una importancia tal que se bastan a sí mismas; si las huellas lingüísticas del amado me anclan a su interior inaccesible, puedo prescindir de toda personificación corpórea: gracias a la alquimia verbal, lo más cercano a su secreto se vacía en sus diversos actos de lenguaje. Así, Theodor Twombly puede bastarse con una voz desconocida que le confiesa no llevar pantaletas; y una dulce voz lanzada desde un interior ciberespacial y ubicuo, un interior que es pura información, es suficiente para despertarle de su letargo solitario. Lo anterior, sin embargo, nos conduce hacia una serie de problemas; el primero: el interior, para ser interior, debe estar íntimamente ligado a una exterioridad; esto es, si hay un “adentro” es porque hay un “afuera”, interconectados por medio de un canal –el lenguaje. Pero, en el caso concreto de Samantha: ¿Qué clase de interior y de exterior son esos? ¿Cómo puede hablarse de vivencias en ella –o, mejor, “ella”-, si carece de pasado, si no ha sido? ¿Y cuál sería su exterioridad si no es sino pura voz? En este sentido, las emisiones lingüísticas de Samantha no son puente alguno pues no hay ni un interior ni un exterior qué comunicar: ella es puro puente en el vacío. Ahora bien, ¿cómo es que ese puro puente es capaz de despertar en Twombly algo tan humano como el amor? Samantha, desde un principio, se presenta a sí misma como algo distinto a un dispositivo computacional: “No puedo creer que estoy teniendo esta conversación con una computadora”, dice sorprendido Theodor; Samantha responde: “No, estás hablando conmigo”. La primacía moderna de las emisiones lingüísticas permite que Theodor Twombly vea a Samantha como una manifestación del ser-ahí; a partir de sus propias vivencias, ha constatado que las manifestaciones inmediatas para sí del Dasein pueden limitarse al puro lenguaje –las cartas a desconocidos y las salas de chat así se lo demostraron. Y ello no constituye una patología individual; los otros hombres, caracterizados en tanto tales por ser-unos-con-otros, son-unos-con-otros de una manera atomizada: les vemos andar por las calles, cruzarse unos con otros pero sumidos en la minúscula pantalla de sus computadoras de bolsillo: paradójicamente, cultura –y como tal, afirmada con redundancia como cultura compartida- de la escisión, cultura del aislamiento. Es por lo anterior que una entidad a-la-mano, proyectada como un útil que haga las veces de secretaria hasta el punto de la capacidad para inspirar un affair, pueda trascender su aparición como mero objeto-para y presentarse como algo más. Sin embargo, he aquí otro problema: en el otro, se puede prescindir de su corporalidad; sin embargo, para ello, es necesario presuponer la corporalidad propia: yo no puedo enamorarme, yo no puedo mantener una relación sexual si no soy cuerpo. Ello se patenta en que, si bien el otro se muestra como lenguaje, sus emisiones deben ser recreadas por medio de la imaginación, la cual presenta reconstruye la emisión en imágenes. De esta manera, al instante del adiós definitivo, Theodor Twobly cierra los ojos y se ve a sí mismo abrazando a una mujer de cabellera oscura y ensortijada. Jean Baudrillard aseguró que, si bien el robot puede reproducir una buena cantidad de cualidades humanas, no podrá jamás sustituir la sexualidad. La perspectiva del filósofo francés peca de objetual: tal vez la sexualidad del robot no resida en sí mismo, sino en aquel que pueda amarlo, en aquel que se encarna, de manera efectiva, como un ser-ahí.

 

 Emilio Jacobo García Cuevas                                     Profesor: Víctor Uc Chávez

Jueves 13 de Marzo de 2014                                                                Antropología filosófica

 


Lenguaje y distancia

 

 

I. Presentación

El trabajo que a continuación se desarrolla es, por decirlo de alguna manera, un “texto experimental” en términos personales: sin pretensiones logicistas y alejado de las discusiones instituidas –extraño término- en la filosofía analítica, intentará desenvolverse sin ataduras a esquemas de escuela.

   Movido por el afán de hacer a un lado prejuicios insulsos, en los últimos meses me he acercado a una obra que me está resultando fascinante: la de Maurice Blanchot. Así, es posible que, en cuanto sigue, se patente el intento por imitar el estilo de escritura del filósofo francés –intento irrisorio, claro, pero significativo para mí y para mi formación. A ello se aúnan las lecturas hechas en clase, las cuales me han mostrado –y me muestran- la gran profundidad y belleza del filosofar no-analítico (hablar de “filosofía continental” resulta irrisorio para alguien que no habita en las Islas Británicas). Espero llegar a buen término.  

 

II. Desarrollo

Theodor Twombly tiene un trabajo singular: escribe cartas de amor por encargo. Cuando sus labores terminan, en la soledad de la habitación, entra a salas de charla para encontrar alguna pareja con la cual sostener un fugaz encuentro sexual-lingüístico.

   Un sistema operativo con cualidades evolutivas decide autonombrarse Samantha. La constante interacción con seres humanos la hace preguntarse qué es, qué desea ser y de qué manera puede conseguirlo; sin embargo, la distancia entre sus aspiraciones y la facticidad de los hombres parece insalvable; ella se consuela:  “¿No es interesante? Que el pasado es una historia que nos contamos”.

   Los episodios anteriores se construyen sobre una noción de aquello que hace el lenguaje, noción alejada de cualquier planteamiento logicista o lingüístico: noción, antes bien, existencial. Las escenas no pretenden dar cuenta de la tan filosófica quididad del lenguaje; en cambio, sí nos dan indicaciones de cuál es el papel de éste en la existencia cotidiana enmarcada por nuestra época.

   Suele establecerse una distinción entre el lenguaje y la escritura sobre la base de la distancia: el lenguaje implica inmediatez, presencia y presente; la escritura, por el contrario, es marca de la ausencia, puente que media entre el aquí, presente, y la lejanía espaciotemporal entre los hablantes. Pero, ¿cabe la posibilidad de que el lenguaje no sea presencia ni inmediatez algunas?

   Aquí, en esta relación de confidencialidad en la cual los amantes se encuentran, intento hacerte explícito cuanto he sido; trato de hacer tuyas cada una de mis vivencias pero me resulta imposible: no puedo más que conformarme con esbozar en cadenas lingüísticas mis experiencias cargadas de sentido, mis sensaciones y mis pasiones: lo único que puedo ofrecer de mí son restos, huellas fonético-semánticas de algo que reside en una especie de “interior” al cual sólo yo tengo acceso. Así, amarme por lo que he sido, amarte por cuanto has vivido, nos obliga a conformarnos con despojos de una distancia insalvable e inaccesible para el otro. Es cierto: somos apertura que nos imbrica con el mundo; sin embargo, el volcarnos del uno hacia el otro choca siempre con la barrera de la experiencia privada. Maurice Merleau-Ponty afirmaba que el filósofo tiene fe en las cosas: fe en que éstas se encuentran efectivamente ahí y en que ellas son la fuente de su saber; el amante, a su vez, es un creyente: su fe se deposita en que las huellas lingüísticas del amado se correspondan de manera efectiva con esa su realidad, inaccesible para aquel; en que el lenguaje posea ciertas cualidades mágicas que le permitan atrapar y mostrar, tal cual es, las vivencias del otro. Interioridad, lejanía y lenguaje: he aquí la triada del amor que plantea, por sí misma, toda una teoría antropológica –Barthes se equivoca cuando dice que el amor conduce al solipsismo porque es incapaz de adecuarse a una teoría.   

   En la sociedad contemporánea –la sociedad de la información-, las emisiones adquieren una importancia tal que se bastan a sí mismas; si las huellas lingüísticas del amado me anclan a su interior inaccesible, puedo prescindir de toda personificación corpórea: gracias a la alquimia verbal, lo más cercano a su secreto se vacía en sus diversos actos de lenguaje. Así, Theodor Twombly puede bastarse con una voz desconocida que le confiesa no  llevar pantaletas; y una dulce voz lanzada desde un interior ciberespacial y ubicuo, un interior que es pura información, es suficiente para despertarle de su letargo solitario. Lo anterior, sin embargo, nos conduce hacia una serie de problemas; el primero: el interior, para ser interior, debe estar íntimamente ligado a una exterioridad; esto es, si hay un “adentro” es porque hay un “afuera”, interconectados por medio de un canal –el lenguaje. Pero, en el caso concreto de Samantha: ¿Qué clase de interior y de exterior son esos? ¿Cómo puede hablarse de vivencias en ella –o, mejor, “ella”-, si carece de pasado, si no ha sido? ¿Y cuál sería su exterioridad si no es sino pura voz? En este sentido, las emisiones lingüísticas de Samantha no son puente alguno pues no hay ni un interior ni un exterior qué comunicar: ella es puro puente en el vacío.

   Ahora bien, ¿cómo es que ese puro puente es capaz de despertar en Twombly algo tan humano como el amor? Samantha, desde un principio, se presenta a sí misma como algo distinto a un dispositivo computacional: “No puedo creer que estoy teniendo esta conversación con una computadora”, dice sorprendido Theodor; Samantha responde: “No, estás hablando conmigo”. La primacía moderna de las emisiones lingüísticas permite que Theodor Twombly vea a Samantha como una manifestación del ser-ahí; a partir de sus propias vivencias, ha constatado que las manifestaciones inmediatas para sí del Dasein pueden limitarse al puro lenguaje –las cartas a desconocidos y las salas de chat así se lo demostraron. Y ello no constituye una patología individual; los otros hombres, caracterizados en tanto tales por ser-unos-con-otros, son-unos-con-otros de una manera atomizada: les vemos andar por las calles, cruzarse unos con otros pero sumidos en la minúscula pantalla de sus computadoras de bolsillo: paradójicamente, cultura –y como tal, afirmada con redundancia como cultura compartida- de la escisión, cultura del aislamiento. Es por lo anterior que una entidad a-la-mano, proyectada como un útil que haga las veces de secretaria hasta el punto de la capacidad para inspirar un affair, pueda trascender su aparición como mero objeto-para y presentarse como algo más. Sin embargo, he aquí otro problema: en el otro, se puede prescindir de su corporalidad; sin embargo, para ello, es necesario presuponer la corporalidad propia: yo no puedo enamorarme, yo no puedo mantener una relación sexual si no soy cuerpo. Ello se patenta en que, si bien el otro se muestra como lenguaje, sus emisiones deben ser recreadas por medio de la  imaginación, la cual presenta reconstruye la emisión en imágenes. De esta manera, al instante del adiós definitivo, Theodor Twobly cierra los ojos y se ve a sí mismo abrazando a una mujer de cabellera oscura y ensortijada.   

   Jean Baudrillard aseguró que, si bien el robot puede reproducir una buena cantidad de cualidades humanas, no podrá jamás sustituir la sexualidad. La perspectiva del filósofo francés peca de objetual: tal vez la sexualidad del robot no resida en sí mismo, sino en aquel que pueda amarlo, en aquel que se encarna, de manera efectiva, como un ser-ahí.         



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