Hay anécdotas que, aunque parecen sencillas, terminan regalándonos una sonrisa cada vez que las recordamos.
*Un día me encontraba barriendo tranquilamente la calle de Bosques de Vietnam, disfrutando de la calma de la mañana. Mientras seguía con lo mío, alcancé a ver a lo lejos a un muchacho muy bien vestido, elegante y con una presencia que llamaba la atención. Como nunca lo había visto por ahí, pensé para mis adentros: "¿Y ese muchacho en qué casa vivirá? ¿Será pareja de alguien de esta calle?".
Conforme se iba acercando, seguía sorprendiéndome lo bien que lucía. Se veía muy jovial, con una energía fresca y una sonrisa que resaltaba desde lejos. Cuando por fin estuvo lo suficientemente cerca, me llevé una gran sorpresa: ¡era Emilio! Me dio mucha risa haberlo confundido. En ese momento pensé: "¡Qué bien se ve Emilio! No aparenta su verdadera edad; se ve muy joven". Incluso, entre risas, me dije: "Mira nada más, este muchacho vive en esta casa".
Cuando llegó hasta donde yo estaba, nos saludamos cordialmente, como siempre. Emilio tenía esa cualidad tan especial de llegar irradiando alegría. Su forma de ser era única; transmitía entusiasmo de manera natural y tenía una luz propia que hacía más agradable cualquier encuentro. Sin duda, fue uno de esos momentos sencillos que dejan un bonito recuerdo y que demuestran que una buena actitud y una sonrisa pueden alegrarle el día a cualquiera.
*Mientras preparaba la comida, escuché una situación que me dejó una enseñanza muy bonita. Un papá llamado Emilio estaba con sus dos hijos, Darío y Santiago. En un momento, Darío le hizo una seña obscena a su hermano. Pensé que la reacción de su papá sería un regaño fuerte o incluso un castigo físico, pero ocurrió todo lo contrario.
Emilio se acercó con mucha calma y, utilizando palabras respetuosas y llenas de firmeza, le explicó a Darío que ese tipo de acciones no eran correctas y que debían tratarse siempre con respeto entre hermanos. Sus palabras fueron tan acertadas que Darío comprendió lo que había hecho y, sin que nadie lo obligara, se acercó a Santiago para ofrecerle una disculpa sincera.
Ese momento me hizo reflexionar profundamente. Admiré la forma en que Emilio educó a su hijo, pues demostró que no era necesario recurrir a los golpes para corregir una conducta. Con paciencia, respeto y las palabras adecuadas logró enseñar un valor importante y fortalecer el vínculo entre sus hijos. Fue una escena sencilla, pero muy significativa, que me hizo pensar en lo valioso que es que existan padres que educan con amor, diálogo y ejemplo
Con cariño y respeto Marlon.




