Recuerdo que Emilio manifestó desde una temprana edad una
gran inquietud músical. Siendo niños compartimos gustos por bandas como The
Doors, The Cure, Guns and Roses, Caifanes, y Maldita Vecindad. Cuando
coincidimos en las clases de catecismo, rara vez hablamos de los temas bíblicos
y de la religión vistos en las clases de la parroquia. La música siempre fue el
tema principal de Esta nuestras charlas, por ejemplo: nos decíamos que
Metallica había tocado en Moscú o también nos cuestionamos si el guitarrista de
AC/DC era realmente muy bueno tocando o no lo era.
La catequista que
nos tocó se llamaba Carmen, y en ocasiones hablaba mal de la ciencia. Ella
decía que Darwin fue un ridiculo, cosa que a Emilio le molestaba. En cierta
ocasión saliendo de la clases, Emilio me comentó que había leído en la revista
Año Cero que el hombre corría el peligro de evolucionar y perder la mandíbula
ya que en el artículo se decía que la
usaba muy poco. Y por eso él trataba de masticar chicle de manera regular.
Cuando Emilio
visitó por primera vez el Tianguis Cultural del Chopo, me contó muy
entusiasmado que ahí vendían música de bandas de diversos géneros. Que los
cassettes eran muy económicos y como eran grabados por los vendedores, el
espacio sobrante de las cintas era aprovechado y grababan música al azar. En
aquella época anterior al internet casero, eso nos parecía muy interesante ya
que existía la posibilidad de descubrir bandas interesantes.
Durante muchos años
el Chopo fue un lugar que disfrutábamos visitar. Eso correspondió al periódo de 1997 al 2001. De los puestos de
música se podía pasar a las playeras de rock, y de ahí a unas bodegas donde
vendían patinetas y tennis Vans.
En un par de
ocasiones nos acompañó el Rarote, un amigo de la colonia que se iniciaba en la
subcultura gótica. En la segunda ocasión quedamos de vernos con el Rarote en el
Metro Nezahualcóyotl, él llegó con maquillaje, y le pidió a Emilio que le
hiciera un look dark. Su cara quedó maquillada como un Panda, y nos pidió que
antes de ir al Chopo pasáramos a las ventanillas de cambio en el aeropuerto ya
que le había robado un billete de 100 dólares a su mamá y quería cambiarlo. Él
no se atrevió a entrar al aeropuerto por su maquillaje.
Fue una ocasión muy
chusca, ya que detonó la risa de algunas personas en el camino. Al llegar al
tianguis, Emilio se quedó esperando en la entrada, no deseó continuar
inmiscuido en ese escenario de risas. Pero si le tocó ver qué un enano se le
acercó a este amigo y le comunicó que se veía bien. Al regresar a Bosques, el
Rarote pasó a la casa de Emilio para desmaquillarse, y para variar se terminó
la crema desmaquillante de Teresita.
También recuerdo
que en ocasiones en aquellos años, íbamos a las librerías del Sótano y a la
Gandhi. Emilio solía comprar libros de autores como André Breton, Borges, Novalis, Lautreamont, Octavio Paz. Después de
ahí, nos dirigimos a la barra del Sanborns de los azulejos. Ahí conocí a su tío
Arturo, siempre nos platicaba sobre literatura y también de sus experiencias de
vida.
Sin duda alguna,
tuve muy buenas experiencias en compañía de Emilio.