Dos poemas ingleses
(1934)
Jorge Luis Borges
Traducción de Emilio García Cuevas.
El alba inútil me encuentra en una esquina desierta;
he sobrevivido a la noche.
Las noches son olas orgullosas; olas azules y pesadas,
cargadas con todos los matices de los despojos profundos, con
cosas improbables y deseables.
Las noches tienen un hábito de presentes misteriosos y negativas,
de cosas regaladas a medias, a medias retenidas,
de alegrías con un hemisferio oscuro. Las noches se comportan
de esa manera, te lo advierto.
Esa noche, la oleada me dejó los jirones acostumbrados
y los fines que esperaba: algunos odiosos amigos con quienes platicar,
música para los sueños y el humo de
amargas cenizas. Las cosas que no necesita
mi hambriento corazón.
La gran ola te trajo.
Palabras, palabras cualesquiera, tu risa; y tú, tan pausada
e incesantemente hermosa. Hablamos y
olvidaste las palabras.
El amanecer quebrado me encuentra en una calle desierta
de mi ciudad.
Tu perfil apartado, los sonidos que
hacen tu nombre; la cadencia de tu risa;
esos son los juguetes ilustres que me dejaste.
Al amanecer les doy la vuelta, los pierdo, los
encuentro; hablo de ellos a los pocos perros extraviados y
a algunas estrellas perdidas del alba.
Tu vida oscura y generosa…
De alguna manera debo llegar hasta ti; me deshago
de esos juguetes ilustres que me dejaste: deseo
tu mirada oculta, tu verdadera sonrisa –esa sonrisa
solitaria y burlona que tu frío espejo conoce.
II
¿Con qué puedo retenerte?
Te ofrezco calles enjutas, amaneceres desesperados, la
luna de los ásperos suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado
por mucho tiempo la luna solitaria.
Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas
que los vivos han honrado en bronce:
El padre de mi padre, muerto en la frontera de
Buenos Aires, dos balas atravesando sus pulmones,
barbado y muerto, envuelto por sus soldados en
un cuero de vaca; el abuelo de mi madre
-de sólo veinticuatro- encabezando una carga de
trescientos hombres en Perú, hoy sólo fantasmas sobre
caballos desvanecidos.
Te ofrezco cualquier intuición que pueda contener mis libros,
cualquier hombría o humor mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca
ha sido leal.
Te ofrezco ese núcleo mío que de alguna forma he salvado
-ese corazón que no comercia
con palabras, que no trafica con sueños y permanece
intacto ante el tiempo, la alegría y las adversidades.
Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla contemplada
al ocaso, años antes de que tú nacieras.
Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías acerca
de ti misma, noticias auténticas y sorprendentes de
ti misma.
Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el
hambre de mi corazón; intento sobornarte
con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.

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