lunes, 22 de febrero de 2021

Allá lejos, la Nada

 


Emilio J. García Cuevas
 
 

     Cualquiera que haga el viaje descubre que los viajes a los que estamos acostumbrados son los irreales porque nuestra conciencia nunca se desplaza, nunca cambia.

Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber


Emmanuel Dios espera la hora sideral en que su cabeza se vaya […] Sino mató, sin embargo, o si no comprendieron que mataba, no hay otra prisión que la caja de su cráneo, y no es sino un hombre que sueña sentado al lado de su lámpara.

Alfred Jarry, El amor absoluto


Soltó las amarras y, al instante, los mecates podridos golpearon las aguas y se zambulleron lentamente hasta desaparecer. Abba Amón permaneció inmóvil y abrió los ojos: la noche y el silencio del desierto habían inundado la cueva; era el momento de zambullirse en el revés de los párpados. Estaba aterrado pero la emoción lo consumía: después de años de penitencia y oración, estaba por volver al paraíso. El exilio estaba por llegar a su fin. Entonces, el viento y la sal: todo escozor en los pulmones, todo es paletada transparente sobre el rostro. Arrojó la mirada final, la definitiva, la mirada que había de atrapar al puerto de un solo golpe pero que, por su irrenunciable temporalidad, no pudo sino captarlo palmo a palmo; los párpados hambrientos se abrieron como abanico y la lengua de luz escapó hasta paladear cada ventana y cada rostro que, ahora, se perdía en las fantasías que el sueño hace reales.

Sus sentidos penetraron en los nubarrones rebosantes de llanto, se deslizaron por las líneas del horizonte y la imagen del Santo Niño se le imprimió en el pecho: también Abba Amón, desde los albores de esa existencia errátil, recostó la cabeza adormilada sobre un cráneo que le revelaría el instante de su muerte, lejos de la paz del yermo. Se inclinó y recorrió con los dedos el piso, los tablones mojados que aún le anclaban a la vida; los dedos tensos, intentando encontrar el más recóndito escondite del aliento, la madera palpita contra su piel, aferrada a este tablón bañado de sangre, humedad viscosa que escapa por las muñecas destrozadas y los tobillos rotos. La respiración se dificulta: abre la boca para asir una bocanada de aire, una bendición, y sus costillas truenan y le rasgan el interior de la carne. Las heces solares descienden para reposar sus melenas rojizas sobre el pecho casi apagado, le acarician los costados y el vientre, hunden sus dedos por el pellejo y así esparcen su calor, ahora inútil, por el corazón que desfallece. Hasta sus oídos llegan las voces y sus ojos atrapan al vuelo rostros y hierbas secas; los gritos anhelantes de “Rabí” se han convertido en “perro”, “hijo de puta” y las miradas arden aún más que el hierro de los centuriones; las manos encallecidas que hacía tiempo le saludaban como un mar de palmas ondulantes, agitadas por el vaho de la mañana, hoy desencadenan un torrente de rocas que golpean su cuerpo cansado. El mundo se le pierde; cuando la muerte llega tan solitaria, el barullo se antoja silencio. La consciencia intermitente pero aún viva: bogar, andar confuso y a la deriva, las velas agitaban sus jirones deshilachados sobre el casco estrellado. Levantó la mirada en medio del temporal: cortinas de agua sobre agua, el cielo gris era la bruma agitada del océano. Agua y más agua: tanta agua que la carne comenzó a disolverse, el cabello sobre el cuello como avispas líquidas que emprenden el vuelo al ras de la piel. Es seguro que gritó y su voz se descompuso en oleaje, en sonido salado, en letras de vapor diluidas en la sangre. Su alma se sacudió, estancada en el abismo inasible del terror, el terror de perder el madero cuarteado porque si yo cayera, que sea en el centro de un desfile de medusas para así apagarme bajo la senda del arcoíris marino; si me devoras, regálame tu más hermoso y asesino secreto, aquél que sólo se muestra ante los corazones enmarañados; Tú, que en mi vida has dibujado el cuadro azul de lo invisible, dame una muerte como una sinfonía de burbujas, de gaviotas que anuncien el adiós a la arena. La muerte trae descanso cuando la vida no ha sido sino ella misma, vana y sin exigencias -pero el deceso es un horror si la expectación ha trazado su senda con el deseo de algo que no es la existencia: la noche que quiere ser día, el hombre que pretende ser Dios: por ello tembló, por ello tiembla.

Sangre y pies coronan el monte, el hebreo Aqueronte se abre al horizonte. Músculos distendidos, carne asaltada de crepúsculos. Y allí está la Voz.

-Peregrino: avanza por el sendero donde tus pasos levantan el polvo de mil caminos que cierran el ocaso.

-Ahora escapo por mis ojos. A lo lejos, el barullo; en la eternidad, el trinar de una letra sin sentido. Hace algunos siglos, me abordaste en sueños y, con palabras saladas, deletreaste mi nombre.

-Por lo general, los sueños murmuran iluminaciones en lenguas secretas. Las voces de los demonios en el desierto traen visiones abyectas.

-Tu voz ronca niega las carcajadas (y toda mi piel son bocas con pus). Magdalena me nombra ante la Vera Cruz, lava el madero (¿Verdadero? ¡Qué va!) y sueña con sombra, ascensión y luz / Magdalena mutilada, sin espacio, sin tiempo, sin amor. Pero… ¿El sabio del templo era cantor?

-Eso ya no importa: me apago y, al hacerlo, pienso en el recuerdo que aún guardo bajo el brazo (a veces palpitante, a veces lejano), un cuarzo que titila hasta extinguir la luz de mi costado izquierdo.

-¡Oh, Longino amado! ¡Bésame con acero y fiebre! Silencio: una barca se acerca a levante: a levante las piedras, rocas y guijarros sobre e flotante carro de hiedra y hojas secas… ¡Que seas Tú, flotando por el cosmos de agua fatua y estrellas! Esferas iluminan la Pasión, canción interminable y callada, balanceándose de atrás hacia adelante para olvidar la existencia que los pasos degradan: existencia falsa, muerta.

-Aún más: miserable. La turba marina danza, ignoro si detrás de mi piel o en lontananza: sólo percibo una melodía de agua que, entre esperanza líquida y negrura, sonríe con santa gracia. Me hundo en despojos y al aliento niego: un demonio con hielo en los ojos (rojos por dolor, de ardor ciegos) escupe sortilegios cojos, sordos y mutilados.

=Los peces sacuden sus colas mientras lloro mi triste hado. ¡Señor! ¿Por qué me has abandonado? Estoy aquí para que tu cuerpo me arroje, mullido y tuerto, al rugir de las olas. Estoy aquí, con agujeros en las manos para que mires el mundo por ellos y bebas mi sangre con destellos alados. Profundos charcos de negra bóveda, luz descompuesta en la gran seda del barco azul, luz sobre la sal disuelta; una gota de peces cae, reyerta, y no flota: porque antes eras otra, más vasta aun cuando la lengua frota y pulsa el laúd poblado de estrellas rojas. Imagino que vivo lo que vivo en la imaginación, pero imagino sólo lo vivo: y de pronto, observo con horror que estoy frente a sinónimos: ya no hay ni cantos ni pasado. Ya no soy el Mesías y me diluyo en las pupilas fijas sobre los párpados cerrados: soy siglos y siglos de acero y oro y plantas laceradas y besos en las manos. Existo en el vuelo de las moscas y en la cola del cuervo: por el vacío de mi cuerpo, contengo el aliento y me hago ausencia. Una chispa incendia la loa porque Emmanuel es Luzbel.

Rey errabundo, hombre sin reino: tiempo aquél, lejano, interminable, del ardor que flotó sobre la carpintería solitaria… Pero el camino se eclipsa año tras año: con los brazos abiertos y las piernas cruzadas, hoy te imagino arrojado al caos, imaginando olvidos y un adiós agridulce, jamás pronunciado por mis azules labios. He aquí lo que buscas:


Allí el lamento primero del mundo,

agorero vagabundo exento de sombra,

sobras del resquicio de viento y penumbra

que a tientas nombra un juicio nacido mudo.


El océano infinito de sol que rudo,

Constante, cae y enciende el hilo,

la vena abierta frente a la arena de aquello que hubo,

Aquello que habrá.


El intento llora y deviene en vicio

de círculos y círculos en un mar

que zarpar espera de un círculo mayor

de cal, y en imágenes de vacío

halla sólo el hastío primordial

del aire que aún no se crea,

primero sobre la seda

y las aguas turbulentas hechas manantial.


El mar –recuérdalo, aprendiz de alquimista-

dista un abismo de ser cuerpo de agua:

es la onda que brota y quiebra la calma,

el alma labrada y rota por la arista

de la manecilla, la arena caída

por el cuello del cristal, sombra de vara,

medida cara, sucesiones que apagan

la llaga de la Nada para hacer vida.


Leve cuesta, grieta ígnea, lágrima ínfima

que inflama la palma del que mira las piras,

las danzas, las figurillas y cae de rodillas,

los brazos gritando y la boca al cielo en la íntima

imantación entre el cuerpo y aquellos que siempre son,

y son porque su razón rehúye al tiempo

que en el viento inmóvil traza su narración y su cuento.


La Eternidad, sin duda,

es del color que media

entre guinda y púrpura:

Ya amanece y la leche

se ha vertido entera,

apagando lumbreras

y encendiendo estrellas.

Destellos en la niebla:

el cuerpo abierto tiembla

y se revuelve en brumas

grises sobre la playa bruta.



Por fin,

He aquí,

Plena/ eclipsada

la Eternidad.

-Y la verdad es buena: la nada

Que engendra

Libertad.



(.)


Ocultos por una película de agua, sus ojos observan a las mujeres que lloran bajo sus pies. Con la boca empapada, suspiró como último recurso ante el fin inminente del trozo de madera que flotaba sobre su cabeza. Una sacudida, un sollozo. El deseo muerto y los dedos contraídos.

Cuando el agua termine de llenarle los pulmones y de filtrarse por sus heridas, y el oleaje interno cese hasta ser un lago petrificado, se perderá en la fantasía de su cabello agitado mientras sus pies se deslizan sobre el mar.




Abba Amón abrió los ojos. Afuera de la cueva, las voces de algunos hermanos se recortaban contra el silencio del desierto. Ni una palabra, se dijo, ni una palabra porque cualquier insinuación de luz podría considerarse pecado de vanidad pero ¿cómo entender ahora cualquier precepto, una vez que ha sido vaciado de todo enunciador? Sonrió a las paredes vacías, hizo una breve oración -sólo por costumbre- pero, antes de salir, se desnudó, colocó la túnica empapada sobre su lecho y se dijo: el verdadero exilio ahora comienza.  

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