El tiempo es la esencia de lo
real; tan es así que la finitud se patenta en cualquier suceso, por
insignificante que éste sea. Pues bien: nuestro curso ha concluido. Es posible
que esta clase te haya resultado difícil y tediosa –allende los temas, sé que
no es fácil tener por compañero de viaje a un profesor de filosofía, más aún si
sus preferencias teóricas median entre la fenomenología trascendental y el marxismo.
Si los juegos de palabras fueron muchos y yo no fui el camarada ideal, te pido
me disculpes; bien decía un amigo muy querido: la formación profesional es, en
realidad, “deformación” profesional; la educación superior –siempre tan
limitada, siempre tan específica- modifica nuestro acercamiento a la realidad,
dotándonos de un modo peculiar de racionalizar y de categorizar los hechos.
Para concluir
con esta masa discursiva que sufriste durante los últimos meses, me gustaría
regalarte algunas reflexiones en torno a cuanto se expuso y, por medio de
ellas, resaltar aquello que me gustaría se quedase en ti, una suerte de
“principios” que pueden desprenderse de los diversos temas revisados. Así como
Celia Cruz daba las gracias cantando, yo lo haré por medio de algunas ideas
sueltas. Espero que este texto resulte lo suficientemente valioso para ti como
para que, por lo menos, su destino no sea el cesto de basura.
La filosofía es
uno de los terrenos más recriminados y, a la vez, menos conocidos. Nuestra cultura
suele reducir la labor del filósofo a la verborrea de un vicioso. Te contaré
una anécdota bastante fresca: hace un par de semanas, mis antiguos compañeros
de preparatoria comenzaron a organizar una reunión que se celebrará este
sábado. Pues bien, mientras nos organizábamos, salió a colación la pregunta por
nuestros respectivos trabajos. Un par de horas después, uno de mis amigos
–ahora médico- me llamó para pedirme que mis exalumnos, mis excompañeros de
filosofía y yo participásemos en un experimento que está llevando a cabo:
pruebas toxicológicas para determinar los efectos de la marihuana en un cierto
lapso de tiempo. ¿Su argumento para solicitar algo semejante? “Ustedes los de
filosofía tienen un perfil que los hace excelentes candidatos para mis investigaciones”.
Esta penosa anécdota resume bien la opinión general que se tiene con respecto a
la filosofía; sin embargo, créeme, la realidad es mucho más amplia que una
sandez semejante.
El filosofar
acompaña al ser humano por el simple hecho de ser tal; por ello, Heidegger
atinadamente afirmó que “ser hombre es ya filosofar” (Heidegger, 2001, pág.
17). En este sentido, no es necesario introducirnos al mundo de la filosofía:
no nos encontramos fuera de ésta sino que, por el contrario, la filosofía ya forma
parte de nosotros mismos, es un elemento constitutivo de nuestra
ontología. De lo que se trata es, claro, de ponerla en marcha, de
arrancar el filosofar.
Ahora bien, ¿en
qué consiste hacer filosofía? La pregunta es difícil; sin embargo, si una respuesta
fuese exigida, por deficiente que ésta fuese, podría decirse que la filosofía
es una reflexión sistemática, metódica y de naturaleza netamente abstracta, en
torno a problemas fundamentales y con fines tanto críticos, como constructivos.
En este sentido, la filosofía se distingue claramente de la ciencia.
Si algo
caracterizó a la clase que ahora termina fue la profusión teórica; juntos
revisamos una buena cantidad de propuestas conceptuales, cada una de las cuales
ofrece una interpretación distinta de un mismo fenómeno: la literatura. Con
este alud teórico, pretendí que cayeses en cuenta de algunas características
propias del conocimiento que conviene revisar detenidamente:
1. La realidad es compleja y es
sensible a nuestras teorías. Los
fenómenos están siempre situados en un contexto único y su acaecer,
inherentemente marcado por la temporalidad, establece una red de relaciones
necesarias con otros fenómenos; si esto es así, entonces el aislamiento de todo
fenómeno es un proceder artificial. A ello se aúna que, al explicar un
fenómeno, lo hacemos por medio de una teoría; de esta manera, imponemos al
suceder natural de algo una red de conceptos articulados entre sí. De ello,
podemos concluir que la objetividad positivista y el “a las cosas mismas” fenomenológico
no son sino sueños de una epistemología que ahora comienza a
declinar.
2. Los conocimientos no están –y
nunca estarán- acabados. De
nuestras conclusiones, este punto es, me parece, el más emocionante y
alentador. Cualquier revisión de la historia del conocimiento nos hará
constatar que la verdad no es trascendente ni universal; los criterios de
validez cambian a lo largo del tiempo y, por ello, los saberes son indexicales,
es decir, se los señala como tales sólo desde el contexto que permea al sujeto
cognoscente. Esto no es todo: tal y como pudiste darte cuenta, los diversos
abordajes en torno a la relación entre pensamiento y lenguaje son netamente
hipotéticos, por ello, no hay algo así como una conclusión definitiva con
respecto al problema –a cualquier problema- en un mismo corte sincrónico.
***
Gérard Petitjean, reportero del Nouvel
Observateur, describió con parquedad el final de una clase cualquiera
impartida por Michel Foucault: “No hay preguntas. En el tropel, Foucault está
solo” (Foucault, 2006, pág. 8). Ser profesor es un ejercicio de soledad, un
ejercicio que consiste en hacer del interior un exterior, en volcar el
pensamiento en palabras para construir con ellas un mensaje que, las más de las
veces, termina por ser un monólogo del cual el único escucha es uno mismo.
Ahora, dar clases en nuestros tiempos resulta aún más difícil pues, ¿qué puede
hacer un pobre profesor de filosofía frente al milagro de la tecnología
comunicacional, materializada en redes sociales accesibles desde el salón de
clases? ¿Qué impacto pueden tener los contenidos de una disciplina árida y
netamente conceptual –la más vieja de la historia- si sus competidores son la
sensualidad efímera del mundo contemporáneo, las insulsas figuras mediáticas y
la charla cotidiana? Es claro que la derrota está dada de antemano. Sin
embargo, soy reacio ante la adversidad propia de la docencia contemporánea, en
la cual el antiacademicismo está de moda, y estoy convencido de la necesidad y
de la urgencia que el pensamiento filosófico manifiesta para el entorno
actual.
Si hay algo
esencial –verdadera y radicalmente esencial- de cuanto tuve el placer de
exponer para ti, es aquello que me gustaría llamar “el principio de
alteración-reconstrucción”, principio que, espero, haya sustancializado mis
presentaciones. Basado en las conclusiones que se enumeraron arriba, en algunos
de los contenidos que revisamos en clase y en lecturas e ideas propias, me
gustaría explicar el mencionado principio por medio de algunas máximas que,
espero, te resulten relevantes: tómalas sólo como simples sugerencias.
Cuestiona los discursos
institucionalizados. Nadie
tiene por qué decirte cómo deben ser las cosas. Cuando la verdad se
presenta como absoluta, no nos encontramos frente a la ciencia o el
conocimiento sino ante el dogma. Evita a toda costa volverte un creyente, con
fe ciega en una biblia académica revelada por un santón; dice Karel Kosik:
“quien se apunta a una tendencia y se considera tomista, husserliano,
heideggeriano, se expone al riesgo de ponerse en manos de una doctrina y perder
la capacidad de pensar” (Kosik, 2012, pág. 21). Lee, lee lo más que puedas y
por pasión, por amor a la desbordante cantidad de explicaciones que hay sobre
ti mism@ y tu labor, y saca conclusiones propias. No importa que Marx o
Husserl: en cada uno de esos grandes nombres podemos encontrar intuiciones
brillantes pero también desaciertos y parcialidades. Sólo tú y tu inteligencia
pueden saber cuáles conclusiones pueden integrarse a tu bagaje y cuáles no.
Haz del lenguaje algo más que una
herramienta. En las
discusiones metafísicas contemporáneas se enfrentan dos tipos de posiciones:
una, de raíces fenomenológicas, afirma que las relaciones son parte
constitutiva del sujeto; otra, contraria a la anterior y de inspiración
pragmatista, entiende que las relaciones son accidentales y, por ello, ajenas a
la ontología de la subjetividad. Ambas posiciones tienen –como todo en
filosofía- sus pros y sus contras: la primera entiende al sujeto en términos de
sujeto relacional y, por ello, ético; sin embargo, no puede dar cabida a la
temporalidad y a la apertura sistémica. La segunda, por su parte, si bien da
cuenta del dinamismo, del acontecimiento, de lo imprevisible de lo abierto, se
enmarca de manera directa en el discurso liberal que no hace sino
instrumentalizar las relaciones entre los individuos. ¿Cuál sería la posición
del lenguaje con respecto a esta disyuntiva? Bajo el primero de los enfoques
mencionados, el lenguaje y sus construcciones estarían ya dados –y, en este
sentido, la creatividad sería pura actualización; desde la perspectiva del
segundo, el lenguaje, en tanto medio relacional, jugaría un papel secundario
con respecto a la ontología del sujeto, papel limitado al uso. El lenguaje, sin
embargo, es de una vastedad tal que rompe las dos camisas de fuerza anteriores:
eroticemos y poeticemos el mundo por medio de la palabra.
La lengua es un
puente tendido entre el individuo y el entorno social; mi lengua no es mía en
sentido estricto y, sin embargo, sólo por ella es que puedo tener algo más
–mucho más- que una simple y caótica experiencia sensible: una lengua nos
pertenece a todos sus hablantes; la lengua es el medio por el cual recibimos
una identidad de grupo y, a la vez y sólo por ella, es que me puedo llamar a mí
mismo “yo”; por su puesta en práctica puedo objetivar mis sentimientos y mis
ideas no sólo para compartirlos con los otros sino, más aún, para explicitarlos
ante mí mismo. Así, debemos entender que las diversas teorías en torno al
lenguaje no es que sean incorrectas sino que son reduccionistas y, por ello,
parciales.
Más allá de los
aspectos sociales e individuales del lenguaje –mejor: en el corazón mismo de
éstos-, el lenguaje tiene dos propiedades centrales: permite la apertura al
otro y del otro; sólo por la palabra y por los actos cargados de sentido es que
puedo conocer y hacer mío aquello que me muestras; además, el lenguaje abre el
horizonte: crea mundo.
En uno de los
libros filosóficos más hermosos del siglo XX, Fragmentos de un discurso
amoroso, Roland Barthes escribe: “El lenguaje es una piel: yo froto mi
lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos
en la punta de mis palabras” (Barthes, 1996, pág. 82). Entonces, que el
lenguaje no sea mero parloteo o herramienta para lo cotidiano; que sea, antes
bien, el medio para revelar y ocultar a medias, para entregarse y aprehender al
otro: erotiza el lenguaje, conviértelo en un medio para alcanzar las
profundidades espirituales de quienes te rodean; haz que el encadenamiento de
fonemas no sólo “sirvan” para algo (la utilidad es una de las tantas obsesiones
sin sentido de nuestra época): que las palabras sean motivo de alegría y
pasión, de sorpresa y de milagro –de creación. Y la poesía
no es sino eso: el acto de rebeldía por excelencia. No se trata de una
colección de cantos insulsos y sentimentales; poesía es, por el contrario, la
afirmación de eso que soy en lo más íntimo, es la exposición ante los otros de
cuanto ocurre en la oscuridad de ese “espacio” al cual sólo yo tengo acceso;
poesía es, antes que cualquier cosa y por encima de todo, creación de mundo.
Nuestra realidad es una amalgama nunca acabada de sentimientos, creencias y
hechos mediados por el lenguaje; por ello, es posible hacer mundo por medio de
la lírica: rompe los discursos tradicionales, inventa nuevas formas de
expresión, dota de nuevos sentidos a cada una de tus experiencias. Franco
Berardi señala:
La poesía abre las puertas a la
percepción de la singularidad […] La poesía es el exceso del lenguaje: la
poesía es aquello en el lenguaje que no puede reducirse a información, que no
es intercambiable sino que da paso a un nuevo terreno común de entendimiento y
significación compartida: crea un nuevo mundo […] La poesía es la vibración
singular de la voz. Esta vibración puede crear resonancias, que a su vez pueden
producir un espacio común (Berardi, 2014, pág. 182).
Ama. El amor es una
alteración, un desequilibrio en el orden del mundo: ¿cómo es que una entidad,
enfrentada a otras entidades sin más cualidades básicas que la materia, elige a
una de ellas y le dice “te amo”? Amar es una disposición y un acto de carácter
axiológico; esto es: amar es decir “para mí, tú vales más que el resto de
entidades que pueblan el mundo”. Wittgenstein nos enseña que, en ese mundo que
solemos adjetivar como “objetivo”, “todo es como es y sucede como sucede; en
él no hay valor alguno” (Pr. 6.3751, Wittgenstein, 2009, pág. 129); así:
Si hay un valor que tenga valor
ha de residir fuera de todo suceder y ser-así. Porque todo suceder y ser-así
son casuales […] Lo que los hace no-casuales no puede residir en el mundo;
porque, de lo contrario, sería casual a su vez […] Ha de residir fuera del
mundo (Ídem).
El amor destroza la
homogeneidad del mundo, quiebra el espacio y, con sus fragmentos, construye la
mitología que nos acompaña a cada uno de nosotros; de esta manera, la
experiencia cotidiana –incluso la del hombre profano- se torna mística:
[…] el paisaje natal, el paraje
de los primeros amores […] son los ‘lugares santos’ del universo privado [del
profano], tal como si este ser no religioso hubiera tenido la revelación de
otra realidad distinta de la que participa en su existencia cotidiana (Eliade,
1998, pág. 23).
Amar es, pues, romper con la
monotonía y la simpleza de la vida cotidiana: es descubrir la maravilla en el
otro y la maravilla del otro. Amar, sin embargo, nos exige ir más allá de la
mera empatía; las palabras de Husserl son explícitas al respecto:
La actividad realizante del amor
consiste en […] el contacto personal con el ser amado hacia la comunión de vida
en la misma tendencia, de manera tal que su vida sea recibida en mi vida, es
decir, su tender en mi tender, hasta el punto que mi querer y mi tender se
realizan en su querer y en hacer que éste se realice, como el suyo en el mío
[…] entonces, vivo como si fuera yo en él y él en mí […] Podemos decir
entonces: los que se aman no viven el uno junto al otro o con el otro, sino el
uno en el otro potencial y actualmente (Husserl, 1973, págs. 172-174).
Amar es hacerme cargo de mí y del
otro, y constatar que el otro, a su vez, se hace cargo de sí mismo y de mí:
amar es, pues, la forma más dura y exigente de la responsabilidad. Sé que es
difícil lidiar con los lastres generacionales –éstos, al fin y al cabo, se
adquieren sin tematización, por el simple hecho de formar parte de una
comunidad. Según Franco Berardi, la generación actual, post-alfabética y
celular-conectiva, ha perdido la capacidad crítica; esta alteración cognitiva,
a decir del marxista italiano, es producto de la simultaneidad y la
sobreabundancia de la información. La generación post-alfabética se caracteriza
por su capacidad mitológica, por su credulidad; así, muestra “signos de una
impermeabilidad a los valores de la política y de la crítica que habían sido
fundamentales para las generaciones anteriores” (Berardi, 2010, pág. 78). Por
“política” no debemos entender votaciones, partidos, marchas, ni tantas otras
cosas que sólo provocan bostezos: política es, sencillamente, el
desenvolvimiento de la vida individual y colectiva dentro del contexto social
inmediato, dentro de la polis. La política está en juego al charlar con
mi madre, cuando saludo a mi vecino, al momento de abordar el metro. No eches
en saco roto una de las ideas más hermosas que Husserl formuló: el simple cruce
de miradas, las manos que se estrechan, el roce de los labios, el intercambio
de palabras: todas estas formas de interacción manifiestan el milagro de poner
en plenitud cuanto los individuos han sido. Aquí, en este momento, al
encontrarnos casualmente y por un instante efímero, mi historia toda está
mentada para ti; todas mis alegrías y mis tristezas, mis estupideces y mis
aciertos actúan de manera efectiva en el presente en que nos encontramos.
Antonin Artaud
afirmó que la única revolución que merece tal nombre es aquella que se verifica
en el individuo y constituye la respuesta a una pregunta radical: ¿Cómo puedo
hacer que mi vida se impregne de magia? Cuestiona, piensa, actúa pero, sobre
todas las cosas, vive. Rescatemos la máxima que guio al romanticismo
alemán: has de tu existencia una obra de arte.
No tengo nada
más que agregar; sólo espero que, de alguna manera, el curso o alguno de sus
contenidos te hayan resultado de interés; por mi parte y haciendo a un lado los
clichés, créeme que he aprendido muchísimo de tu atención, de tus distracciones
y de tu falta de interés; de tus palabras, de tus silencios y de tus gestos; de
tus afirmaciones y de tus dudas. Te agradezco que me hayas permitido ser tu
compañero durante este tiempo y te hago saber que cuentas con mi amistad. Si
continúo aquí, podrás encontrarme siempre en la zona de fumar; si no, no
importa, mi correo está contigo -nosotros, los profesores asalariados, solemos
tener algo de Ulises y de Ahab: difícilmente pasamos más de un año en un mismo
puerto y, como alguna vez escribió Don Alfonso Reyes con respecto al hijo de
Laertes: “hombre que ha perdido su centro casi nunca vuelve a encontrarlo”
(2002: 62). Libo la copa, derramo el contenido en tierra y ruego que los
vientos vuelvan a enfrentar nuestras embarcaciones: que los Dioses sean
propicios. Así como André Bretón concluyó su misiva para Aumé, así, “te deseo
que seas locamente amad@” (Bretón).
Emilio
Bibliografía
Barthes,
Roland (1996), Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI Editores,
México, 254 p.p.
Berardi,
Franco “Bifo” (2010), Generación post-alfa: Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo,
Tinta Limón, Buenos Aires, 258 p.p.
Berardi,
Franco “Bifo” (2014), La sublevación, Surplus, México, 209 p.p.
Breton,
André, El amor loco, Alianza Editorial, Madrid
Eliade,
Mircea (1998), Lo sagrado y lo profano, Paidós, Barcelona,191 p.p.
Foucault,
Michel (2006), La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collége de France
(1981-1982), Fondo de Cultura Económica, México, 531 p.p.
Heidegger,
Martin (2001), Introducción a la filosofía, Cátedra/ Universitat de
Valéncia, Madrid, 469 p.p.
Husserl,
Edmund (1973), Zur Phenomenologie der Intersubjetivität, II, Texte aus dem
Nachlass. Erster Teil, 1921-1928, Martinus Nijhoff, Hague, 172-175 p.
Kosik,
Karel (2012), Reflexiones antediluvianas, Ítaca, México, 248 p.p.
Reyes,
Alfonso (2002), Algunos ensayos, UNAM, México, 321 p.p.
Sfez,
Lucien (2005), Técnica e ideología: un juego de poder, Siglo XXI
Editores, México, 291 p.p.
Wittgenstein,
Ludwig (2009), Tractatus logico-philosophicus, Alianza Editorial,
Madrid, 173 p.p.
El tiempo es la esencia de lo
real; tan es así que la finitud se patenta en cualquier suceso, por
insignificante que éste sea. Pues bien: nuestro curso ha concluido. Es posible
que esta clase te haya resultado difícil y tediosa –allende los temas, sé que
no es fácil tener por compañero de viaje a un profesor de filosofía, más aún si
sus preferencias teóricas median entre la fenomenología trascendental y el marxismo.
Si los juegos de palabras fueron muchos y yo no fui el camarada ideal, te pido
me disculpes; bien decía un amigo muy querido: la formación profesional es, en
realidad, “deformación” profesional; la educación superior –siempre tan
limitada, siempre tan específica- modifica nuestro acercamiento a la realidad,
dotándonos de un modo peculiar de racionalizar y de categorizar los hechos.
Para concluir
con esta masa discursiva que sufriste durante los últimos meses, me gustaría
regalarte algunas reflexiones en torno a cuanto se expuso y, por medio de
ellas, resaltar aquello que me gustaría se quedase en ti, una suerte de
“principios” que pueden desprenderse de los diversos temas revisados. Así como
Celia Cruz daba las gracias cantando, yo lo haré por medio de algunas ideas
sueltas. Espero que este texto resulte lo suficientemente valioso para ti como
para que, por lo menos, su destino no sea el cesto de basura.
La filosofía es
uno de los terrenos más recriminados y, a la vez, menos conocidos. Nuestra cultura
suele reducir la labor del filósofo a la verborrea de un vicioso. Te contaré
una anécdota bastante fresca: hace un par de semanas, mis antiguos compañeros
de preparatoria comenzaron a organizar una reunión que se celebrará este
sábado. Pues bien, mientras nos organizábamos, salió a colación la pregunta por
nuestros respectivos trabajos. Un par de horas después, uno de mis amigos
–ahora médico- me llamó para pedirme que mis exalumnos, mis excompañeros de
filosofía y yo participásemos en un experimento que está llevando a cabo:
pruebas toxicológicas para determinar los efectos de la marihuana en un cierto
lapso de tiempo. ¿Su argumento para solicitar algo semejante? “Ustedes los de
filosofía tienen un perfil que los hace excelentes candidatos para mis investigaciones”.
Esta penosa anécdota resume bien la opinión general que se tiene con respecto a
la filosofía; sin embargo, créeme, la realidad es mucho más amplia que una
sandez semejante.
El filosofar
acompaña al ser humano por el simple hecho de ser tal; por ello, Heidegger
atinadamente afirmó que “ser hombre es ya filosofar” (Heidegger, 2001, pág.
17). En este sentido, no es necesario introducirnos al mundo de la filosofía:
no nos encontramos fuera de ésta sino que, por el contrario, la filosofía ya forma
parte de nosotros mismos, es un elemento constitutivo de nuestra
ontología. De lo que se trata es, claro, de ponerla en marcha, de
arrancar el filosofar.
Ahora bien, ¿en
qué consiste hacer filosofía? La pregunta es difícil; sin embargo, si una respuesta
fuese exigida, por deficiente que ésta fuese, podría decirse que la filosofía
es una reflexión sistemática, metódica y de naturaleza netamente abstracta, en
torno a problemas fundamentales y con fines tanto críticos, como constructivos.
En este sentido, la filosofía se distingue claramente de la ciencia.
Si algo
caracterizó a la clase que ahora termina fue la profusión teórica; juntos
revisamos una buena cantidad de propuestas conceptuales, cada una de las cuales
ofrece una interpretación distinta de un mismo fenómeno: la literatura. Con
este alud teórico, pretendí que cayeses en cuenta de algunas características
propias del conocimiento que conviene revisar detenidamente:
1. La realidad es compleja y es
sensible a nuestras teorías. Los
fenómenos están siempre situados en un contexto único y su acaecer,
inherentemente marcado por la temporalidad, establece una red de relaciones
necesarias con otros fenómenos; si esto es así, entonces el aislamiento de todo
fenómeno es un proceder artificial. A ello se aúna que, al explicar un
fenómeno, lo hacemos por medio de una teoría; de esta manera, imponemos al
suceder natural de algo una red de conceptos articulados entre sí. De ello,
podemos concluir que la objetividad positivista y el “a las cosas mismas” fenomenológico
no son sino sueños de una epistemología que ahora comienza a
declinar.
2. Los conocimientos no están –y
nunca estarán- acabados. De
nuestras conclusiones, este punto es, me parece, el más emocionante y
alentador. Cualquier revisión de la historia del conocimiento nos hará
constatar que la verdad no es trascendente ni universal; los criterios de
validez cambian a lo largo del tiempo y, por ello, los saberes son indexicales,
es decir, se los señala como tales sólo desde el contexto que permea al sujeto
cognoscente. Esto no es todo: tal y como pudiste darte cuenta, los diversos
abordajes en torno a la relación entre pensamiento y lenguaje son netamente
hipotéticos, por ello, no hay algo así como una conclusión definitiva con
respecto al problema –a cualquier problema- en un mismo corte sincrónico.
***
Gérard Petitjean, reportero del Nouvel
Observateur, describió con parquedad el final de una clase cualquiera
impartida por Michel Foucault: “No hay preguntas. En el tropel, Foucault está
solo” (Foucault, 2006, pág. 8). Ser profesor es un ejercicio de soledad, un
ejercicio que consiste en hacer del interior un exterior, en volcar el
pensamiento en palabras para construir con ellas un mensaje que, las más de las
veces, termina por ser un monólogo del cual el único escucha es uno mismo.
Ahora, dar clases en nuestros tiempos resulta aún más difícil pues, ¿qué puede
hacer un pobre profesor de filosofía frente al milagro de la tecnología
comunicacional, materializada en redes sociales accesibles desde el salón de
clases? ¿Qué impacto pueden tener los contenidos de una disciplina árida y
netamente conceptual –la más vieja de la historia- si sus competidores son la
sensualidad efímera del mundo contemporáneo, las insulsas figuras mediáticas y
la charla cotidiana? Es claro que la derrota está dada de antemano. Sin
embargo, soy reacio ante la adversidad propia de la docencia contemporánea, en
la cual el antiacademicismo está de moda, y estoy convencido de la necesidad y
de la urgencia que el pensamiento filosófico manifiesta para el entorno
actual.
Si hay algo
esencial –verdadera y radicalmente esencial- de cuanto tuve el placer de
exponer para ti, es aquello que me gustaría llamar “el principio de
alteración-reconstrucción”, principio que, espero, haya sustancializado mis
presentaciones. Basado en las conclusiones que se enumeraron arriba, en algunos
de los contenidos que revisamos en clase y en lecturas e ideas propias, me
gustaría explicar el mencionado principio por medio de algunas máximas que,
espero, te resulten relevantes: tómalas sólo como simples sugerencias.
Cuestiona los discursos
institucionalizados. Nadie
tiene por qué decirte cómo deben ser las cosas. Cuando la verdad se
presenta como absoluta, no nos encontramos frente a la ciencia o el
conocimiento sino ante el dogma. Evita a toda costa volverte un creyente, con
fe ciega en una biblia académica revelada por un santón; dice Karel Kosik:
“quien se apunta a una tendencia y se considera tomista, husserliano,
heideggeriano, se expone al riesgo de ponerse en manos de una doctrina y perder
la capacidad de pensar” (Kosik, 2012, pág. 21). Lee, lee lo más que puedas y
por pasión, por amor a la desbordante cantidad de explicaciones que hay sobre
ti mism@ y tu labor, y saca conclusiones propias. No importa que Marx o
Husserl: en cada uno de esos grandes nombres podemos encontrar intuiciones
brillantes pero también desaciertos y parcialidades. Sólo tú y tu inteligencia
pueden saber cuáles conclusiones pueden integrarse a tu bagaje y cuáles no.
Haz del lenguaje algo más que una
herramienta. En las
discusiones metafísicas contemporáneas se enfrentan dos tipos de posiciones:
una, de raíces fenomenológicas, afirma que las relaciones son parte
constitutiva del sujeto; otra, contraria a la anterior y de inspiración
pragmatista, entiende que las relaciones son accidentales y, por ello, ajenas a
la ontología de la subjetividad. Ambas posiciones tienen –como todo en
filosofía- sus pros y sus contras: la primera entiende al sujeto en términos de
sujeto relacional y, por ello, ético; sin embargo, no puede dar cabida a la
temporalidad y a la apertura sistémica. La segunda, por su parte, si bien da
cuenta del dinamismo, del acontecimiento, de lo imprevisible de lo abierto, se
enmarca de manera directa en el discurso liberal que no hace sino
instrumentalizar las relaciones entre los individuos. ¿Cuál sería la posición
del lenguaje con respecto a esta disyuntiva? Bajo el primero de los enfoques
mencionados, el lenguaje y sus construcciones estarían ya dados –y, en este
sentido, la creatividad sería pura actualización; desde la perspectiva del
segundo, el lenguaje, en tanto medio relacional, jugaría un papel secundario
con respecto a la ontología del sujeto, papel limitado al uso. El lenguaje, sin
embargo, es de una vastedad tal que rompe las dos camisas de fuerza anteriores:
eroticemos y poeticemos el mundo por medio de la palabra.
La lengua es un
puente tendido entre el individuo y el entorno social; mi lengua no es mía en
sentido estricto y, sin embargo, sólo por ella es que puedo tener algo más
–mucho más- que una simple y caótica experiencia sensible: una lengua nos
pertenece a todos sus hablantes; la lengua es el medio por el cual recibimos
una identidad de grupo y, a la vez y sólo por ella, es que me puedo llamar a mí
mismo “yo”; por su puesta en práctica puedo objetivar mis sentimientos y mis
ideas no sólo para compartirlos con los otros sino, más aún, para explicitarlos
ante mí mismo. Así, debemos entender que las diversas teorías en torno al
lenguaje no es que sean incorrectas sino que son reduccionistas y, por ello,
parciales.
Más allá de los
aspectos sociales e individuales del lenguaje –mejor: en el corazón mismo de
éstos-, el lenguaje tiene dos propiedades centrales: permite la apertura al
otro y del otro; sólo por la palabra y por los actos cargados de sentido es que
puedo conocer y hacer mío aquello que me muestras; además, el lenguaje abre el
horizonte: crea mundo.
En uno de los
libros filosóficos más hermosos del siglo XX, Fragmentos de un discurso
amoroso, Roland Barthes escribe: “El lenguaje es una piel: yo froto mi
lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos
en la punta de mis palabras” (Barthes, 1996, pág. 82). Entonces, que el
lenguaje no sea mero parloteo o herramienta para lo cotidiano; que sea, antes
bien, el medio para revelar y ocultar a medias, para entregarse y aprehender al
otro: erotiza el lenguaje, conviértelo en un medio para alcanzar las
profundidades espirituales de quienes te rodean; haz que el encadenamiento de
fonemas no sólo “sirvan” para algo (la utilidad es una de las tantas obsesiones
sin sentido de nuestra época): que las palabras sean motivo de alegría y
pasión, de sorpresa y de milagro –de creación. Y la poesía
no es sino eso: el acto de rebeldía por excelencia. No se trata de una
colección de cantos insulsos y sentimentales; poesía es, por el contrario, la
afirmación de eso que soy en lo más íntimo, es la exposición ante los otros de
cuanto ocurre en la oscuridad de ese “espacio” al cual sólo yo tengo acceso;
poesía es, antes que cualquier cosa y por encima de todo, creación de mundo.
Nuestra realidad es una amalgama nunca acabada de sentimientos, creencias y
hechos mediados por el lenguaje; por ello, es posible hacer mundo por medio de
la lírica: rompe los discursos tradicionales, inventa nuevas formas de
expresión, dota de nuevos sentidos a cada una de tus experiencias. Franco
Berardi señala:
La poesía abre las puertas a la
percepción de la singularidad […] La poesía es el exceso del lenguaje: la
poesía es aquello en el lenguaje que no puede reducirse a información, que no
es intercambiable sino que da paso a un nuevo terreno común de entendimiento y
significación compartida: crea un nuevo mundo […] La poesía es la vibración
singular de la voz. Esta vibración puede crear resonancias, que a su vez pueden
producir un espacio común (Berardi, 2014, pág. 182).
Ama. El amor es una
alteración, un desequilibrio en el orden del mundo: ¿cómo es que una entidad,
enfrentada a otras entidades sin más cualidades básicas que la materia, elige a
una de ellas y le dice “te amo”? Amar es una disposición y un acto de carácter
axiológico; esto es: amar es decir “para mí, tú vales más que el resto de
entidades que pueblan el mundo”. Wittgenstein nos enseña que, en ese mundo que
solemos adjetivar como “objetivo”, “todo es como es y sucede como sucede; en
él no hay valor alguno” (Pr. 6.3751, Wittgenstein, 2009, pág. 129); así:
Si hay un valor que tenga valor
ha de residir fuera de todo suceder y ser-así. Porque todo suceder y ser-así
son casuales […] Lo que los hace no-casuales no puede residir en el mundo;
porque, de lo contrario, sería casual a su vez […] Ha de residir fuera del
mundo (Ídem).
El amor destroza la
homogeneidad del mundo, quiebra el espacio y, con sus fragmentos, construye la
mitología que nos acompaña a cada uno de nosotros; de esta manera, la
experiencia cotidiana –incluso la del hombre profano- se torna mística:
[…] el paisaje natal, el paraje
de los primeros amores […] son los ‘lugares santos’ del universo privado [del
profano], tal como si este ser no religioso hubiera tenido la revelación de
otra realidad distinta de la que participa en su existencia cotidiana (Eliade,
1998, pág. 23).
Amar es, pues, romper con la
monotonía y la simpleza de la vida cotidiana: es descubrir la maravilla en el
otro y la maravilla del otro. Amar, sin embargo, nos exige ir más allá de la
mera empatía; las palabras de Husserl son explícitas al respecto:
La actividad realizante del amor
consiste en […] el contacto personal con el ser amado hacia la comunión de vida
en la misma tendencia, de manera tal que su vida sea recibida en mi vida, es
decir, su tender en mi tender, hasta el punto que mi querer y mi tender se
realizan en su querer y en hacer que éste se realice, como el suyo en el mío
[…] entonces, vivo como si fuera yo en él y él en mí […] Podemos decir
entonces: los que se aman no viven el uno junto al otro o con el otro, sino el
uno en el otro potencial y actualmente (Husserl, 1973, págs. 172-174).
Amar es hacerme cargo de mí y del
otro, y constatar que el otro, a su vez, se hace cargo de sí mismo y de mí:
amar es, pues, la forma más dura y exigente de la responsabilidad. Sé que es
difícil lidiar con los lastres generacionales –éstos, al fin y al cabo, se
adquieren sin tematización, por el simple hecho de formar parte de una
comunidad. Según Franco Berardi, la generación actual, post-alfabética y
celular-conectiva, ha perdido la capacidad crítica; esta alteración cognitiva,
a decir del marxista italiano, es producto de la simultaneidad y la
sobreabundancia de la información. La generación post-alfabética se caracteriza
por su capacidad mitológica, por su credulidad; así, muestra “signos de una
impermeabilidad a los valores de la política y de la crítica que habían sido
fundamentales para las generaciones anteriores” (Berardi, 2010, pág. 78). Por
“política” no debemos entender votaciones, partidos, marchas, ni tantas otras
cosas que sólo provocan bostezos: política es, sencillamente, el
desenvolvimiento de la vida individual y colectiva dentro del contexto social
inmediato, dentro de la polis. La política está en juego al charlar con
mi madre, cuando saludo a mi vecino, al momento de abordar el metro. No eches
en saco roto una de las ideas más hermosas que Husserl formuló: el simple cruce
de miradas, las manos que se estrechan, el roce de los labios, el intercambio
de palabras: todas estas formas de interacción manifiestan el milagro de poner
en plenitud cuanto los individuos han sido. Aquí, en este momento, al
encontrarnos casualmente y por un instante efímero, mi historia toda está
mentada para ti; todas mis alegrías y mis tristezas, mis estupideces y mis
aciertos actúan de manera efectiva en el presente en que nos encontramos.
Antonin Artaud
afirmó que la única revolución que merece tal nombre es aquella que se verifica
en el individuo y constituye la respuesta a una pregunta radical: ¿Cómo puedo
hacer que mi vida se impregne de magia? Cuestiona, piensa, actúa pero, sobre
todas las cosas, vive. Rescatemos la máxima que guio al romanticismo
alemán: has de tu existencia una obra de arte.
No tengo nada
más que agregar; sólo espero que, de alguna manera, el curso o alguno de sus
contenidos te hayan resultado de interés; por mi parte y haciendo a un lado los
clichés, créeme que he aprendido muchísimo de tu atención, de tus distracciones
y de tu falta de interés; de tus palabras, de tus silencios y de tus gestos; de
tus afirmaciones y de tus dudas. Te agradezco que me hayas permitido ser tu
compañero durante este tiempo y te hago saber que cuentas con mi amistad. Si
continúo aquí, podrás encontrarme siempre en la zona de fumar; si no, no
importa, mi correo está contigo -nosotros, los profesores asalariados, solemos
tener algo de Ulises y de Ahab: difícilmente pasamos más de un año en un mismo
puerto y, como alguna vez escribió Don Alfonso Reyes con respecto al hijo de
Laertes: “hombre que ha perdido su centro casi nunca vuelve a encontrarlo”
(2002: 62). Libo la copa, derramo el contenido en tierra y ruego que los
vientos vuelvan a enfrentar nuestras embarcaciones: que los Dioses sean
propicios. Así como André Bretón concluyó su misiva para Aumé, así, “te deseo
que seas locamente amad@” (Bretón).
Emilio
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